Angelito y el baño de realidad en la Tumba de Lenin


Angelito (el nombre es ficticio, pero la historia es cierta) era un joven veinteañero apasionado comunista, allá en la década de los setenta del pasado siglo. Sus padres tenían una pequeña joyería relojería de barrio, que no es que les hiciera ricos, pero gracias a ella vivían desahogadamente. Les permitía pagar un piso, dar carrera a los hijos y algún que otro capricho como unas vacaciones bien disfrutadas. Muchísimo más de lo que hoy puede aspirar cualquier españolit@.

A sus padres no les hacía ninguna gracia las ideas avanzadas de su hijo mayor, pero lo cierto es que no podían tener ninguna queja de él. Era un muchacho tranquilo y pacífico, estudiaba Filosofía y Letras con sobresalientes y alguna matrícula de honor y hasta los domingos iba a misa, sosteniendo que Jesucristo había sido el primer comunista.

Llevaba barba y unas largas melenas, cosa que en entonces se estilaba. Y entre sus travesuras, si es que se pueden calificar como tales, estaba alguna participación en alguna “mani”, en la que le tocó pegar alguna carrera delante de los grises, y algún peta que le debió sentar a cuerno quemado.

A los niños del barrio nos gustaba. Era cariñoso con nosotros y además le veíamos como alguien mayor y “moderno”, alguien a quien imitar. Nos hablaba de que teníamos que ser abiertos, que no nos teníamos que creer todo lo que nos contaran y que el comunismo traería la solución a los males de la Humanidad. Por supuesto, pensaba que todo lo que contaban del Telón del Acero no era más que propaganda occidental.

Tan hartos les tenía a sus padres con tanto hablar del paraíso comunista, que sus padres decidieron regalarle un viaje a la Unión Soviética. Al fin y al cabo se lo merecía por su buen comportamiento, además de tener interés sus progenitores en conocer algún país de la órbita comunista.

Así lo hicieron y Angelito no se lo creía cuando enfrente de él estaba el Mausoleo de Lenin, ¡iba a visitar la tumba de su amado ideólogo!

Cuando iba a entrar en el Mausoleo, dos guardias se interpusieron ante Angelito y le cerraron el paso. Vestir vaqueros, y llevar barbas y melenas no era una forma de vestir adecuada para visitar la tumba de Lenin. No pudo hacer su sueño realidad por su aspecto.

Y ahí quedó Angelito, con su forma de ver el mundo hecha pedazos. El viaje transcurrió sin más novedad. Sus padres disfrutaron mucho más que Angelito (y al final les gustó mucho el viaje), que acusó el golpe.

A la vuelta, su padre lo contaba entre risas. Maldita la gracia que le debió de hacer a Angelito, que ya nunca volvió a hablar de política. Al menos con nosotros, los niños del barrio que conocía.

Actualmente no sé que será de él. Sé que aprobó unas oposiciones de profesor, cosa que no es extrañar ya que era muy estudioso y muy trabajador.

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