Diplomático en el Madrid rojo

Cesar Vidal, en su libro Paracuellos-Katyn. Un ensayo sobre el genocidio de la izquierda, éxito de ventas, superada ya su quinta edición, revela de una manera escalofriante lo que ocurrió en Madrid durante el gobierno del Frente Popular.

El que narra los hechos fue el cónsul y encargado de negocios de la Embajada Noruega en España, Felix Schlayer. Éste, tras volver a su país y calmarse las cosas (Noruega fue invadida por Alemania en la Segunda Guerra Mundial) publicó un libro de nombre Diplomático en el Madrid Rojo, publicado por la editorial Herbig, que curiosamente nunca fue publicado en España y se sospecha que incluso fue el propio Franco el que puso impedimentos, a pesar de serle muy favorable, ya que pensaba que no contribuía a una futura reconciliación nacional.

Schlayer cuenta con tristeza los tiempos vividos durante la Guerra Civil Española. Describe a los españoles como algo atrasados, perezosos, informales, pero nobles, bondadosos y, sobre todo, valientes. Pero su peor defecto, según Schlayer, es que son muy ingenuos. Según él, se lo creen todo. Afirma que ser rojo o blanco (usa la terminología de la Guerra Civil rusa), más que una cuestión de política es una cuestión de moral.

Cuenta con todo lujo de detalles lo visto, con sus propios ojos en el terreno, lo que ocurrió durante la guerra. No tiene empacho en afirmar que el gobierno del Frente Popular era un gobierno revolucionario de auténticos genocidas sin ningún tipo de escrúpulos. De las tropas franquistas también afirma que cometieron desmanes, pero que actuaban, por lo general, dentro de la legalidad, aunque esta fuese muy rigurosa. Él vio personalmente el fusilamiento de ocho falangistas en Salamanca, por haber cometido abusos entre la población. Sin embargo, nunca vio nada parecido en el Madrid rojo, usando sus términos.

Narra con angustia la búsqueda de su amigo, Ricardo de la Cierva, padre del actual historiador. Ricardo de la Cierva era un abogado que trabajaba en la Oficina de Negocios de la Embajada Noruega en España. Su trabajo consistía en asesorar a empresarios noruegos sobre las particularidades de la legislación española. Más allá de una relación de trabajo, existía una gran amistad entre Schlayer y Ricardo de la Cierva.

Cuando el Frente Popular tomó la calle, cuenta Schlayer que temió por la vida de su amigo, sabiendo que era católico y de derechas y que no ocultaba en público sus ideas. Sus sospechas se vieron confirmadas cuando faltó al trabajo y en su casa ya le daban por desaparecido. Era entonces público y notorio que se estaba deteniendo a católicos, militares, intelectuales de derechas, gente que respondía a un perfil “contrarrevolucionario”, con el eufemístico fin de “tener en observación e interrogar a la quinta columna de las tropas franquistas”.

Llegó a la cárcel modelo y lo primero que observó que esta estada vaciada de delincuentes comunes y que ahora estos formaban parte de las milicias populares. Preguntó por Ricardo de la Cierva y la respuesta que recibió fue poco menos que despectiva, volvió a insistir y entonces se produjo un forcejeo en que casi se llega a las manos. Entonces fue amenazado de muerte, a lo que respondió que era un diplomático noruego protegido por las leyes internacionales y que cualquier acción contra su persona era un acto de guerra. Insistió entonces en hablar con el responsable. Tras su presentación como diplomático, la actitud de los milicianos cambió por completo. No interesaba que la República apareciera ante el mundo como lo que en realidad era: un régimen marxista-leninista. Le dijeron que volviera los próximos días.

Los siguientes días fueron testigos de las sacas. Se sabía públicamente que los presos eran llevados en autobuses urbanos de dos pisos. Era una incógnita hacia donde se dirigían, pero todo el mundo sospechaba lo peor, incluido claro está, Schlayer. Tras intentar infructuosamente entrevistarse con Margarita Nelken, logró una entrevista con Santiago Carrillo. Según narra en sus memorias, este era un agente de Stalin que cumplía fielmente su ideario bolchevique. Intentó parecer una persona conciliadora, pero a estas alturas Schlayer era zorro viejo y no se dejó engañar. Dijo que estaba preguntando por un amigo suyo y nadie le daba respuesta, a lo que Carrillo contestó que se estaban “evacuando” algunos presos por su propia seguridad. Schlayer dijo que quería saber el paradero de su amigo y si no era satisfecho pondría estos hechos en conocimiento de la Cruz Roja internacional. Carrillo afirmó entonces que él no podía saber el paradero de cada preso. Entonces Schlayer terminó la conversación con una frase fulminante: usted es uno de los responsables de orden público y no puede alegar desconocimiento y menos cuando yo le estoy informando, y no lo estoy haciendo como Felix Schlayer, sino como diplomático de la Embajada Noruega.

Los días venideros serían terribles para Schlayer. Tenía que averiguar la verdad, como amigo de Ricardo de la Cierva y como diplomático noruego. Siguió a los autobuses que salían de la cárcel modelo. Se dirigieron a Paracuellos del Jarama. Ahí Schlayer se ocultó. Temió por su vida y más sabiendo que los milicianos eran capaces de todo. Observó que se dirigían a un pinar de las afueras del pueblo. Los autobuses luego regresaron ¡vacíos! Cuando tras unas horas empezó a llegar al pinar, lo primero que percibió fue un intenso olor a descomposición. Y al llegar, sus sospechas se vieron confirmadas, manos y cuerpos sobresalían de la tierra. Habían sido mal enterrados, y se veían algunas manos unidas con bramante. Habían sido asesinados de forma indigna, sin juicio, sin culpa, tan sólo por el hecho de no querer una España de régimen estalinista.

Schlayer entonces supo que jamás volvería a ver a su amigo. Vaticinó que Madrid caería porque la población sabía lo que estaba ocurriendo y no quería vivir bajo el terror rojo. Pese a lo publicitado por las versiones marxistas, Schlayer dice que los madrileños se alegraban clandestinamente cada vez que se producía un avance de Franco y que Madrid sólo lo defendían los comunistas fanáticos, delincuentes comunes y brigadistas internacionales.

Informó entonces a la Cruz Roja internacional y a algunas embajadas europeas. Parece ser que la francesa se lo tomó en serio e investigó las denuncias. Obtuvo bastantes pruebas e hizo numerosas fotografías. Y entonces ocurrió uno de los casos más oscuros de nuestra Guerra Civil. El avión francés fue atacado en el aire, estrellándose y muriendo todos sus ocupantes. El Gobierno de la República acordonó en seguida la zona. La versión oficial, tomada también así por el gobierno francés, es que fue atacado por un avión alemán. Los alemanes desmintieron los hechos afirmando que no tenían ninguna razón para atacar a un avión civil francés. Siempre se sospechó que fue derribado por el gobierno del Frente Popular, incluso hubo testigos que así lo afirmaron.

Tras la desclasificación de los archivos de la antigua Unión Soviética, se ha encontrado un documento, fechado en 1937, que consiste en una carta de un oficial ruso, de nombre Dimitrov, a Stalin. Se ha realizado una traducción al español, pero aparece cortada. El documento no deja lugar a dudas sobre todos estos hechos.

Era necesario ocultar las pruebas como fuese. El gobierno frentepopulista tenía que aparecer ante el mundo como una democracia atacada y no como lo que era, un régimen comunista. Pero las pruebas son irrefutables por completo.

En todas las guerras se producen violaciones de derechos humanos por ambos bandos y mucho más en las civiles. En estos conflictos afloran los sentimientos más bajos y ruines del ser humano y se desatan abiertamente todos los odios y rencillas. No está de más recordar lo sucedido en la Guerra Civil Rusa, en la Guerra de los Balcanes o en la Guerra de Secesión Norteamericana. En ésta última, un dirigente tan bueno, recto y justo, como pocos en la Historia, Abraham Lincoln, no pudo evitar las cabalgatas de Sherman y Sheridan, que asolaron a su paso grandes zonas del Sur de Estados Unidos.

También en la zona nacional se produjeron abusos. Así lo ha investigado y reconocido el historiador Juan de la Cierva, cuya ideología no es nada dudosa y que ha pagado con el precio de la sangre de su familia (hemos narrado lo de su padre). Si bien lo admite, también hace las siguientes matizaciones: que se produjeron en los primeros momentos de la guerra y que por parte del gobierno franquista se hicieron esfuerzos para que nadie se tomase la justicia por su mano, funcionando al poco tiempo la justicia ordinaria, eso sí, rigurosísima, cosa que, por otra parte no es extraña en tiempos de guerra. En cambio, en la zona roja, se ampararon y fomentaron las violaciones de los derechos humanos por parte del gobierno.

Esta es la cruda verdad de la Historia: en ninguna guerra ningún bando es angelical. La propaganda de gran parte de la izquierda, pretende hacernos creer que el régimen de la República era completamente angelical. Es cierto que no faltaron grandes demócratas, como Sanchez Albornoz, ni personas de izquierda demócratas y con humanidad, como Besteiro, pero fueron superados, cuando no purgados por los elementos más radicales, que pretendían convertir España en un régimen estalinista, en el que toda oposición fuera eliminada físicamente -dejémonos de eufemismos- asesinada.

Aunque hubo excesos por los dos bandos, repito como en toda guerra civil, es falso el mito de que la Segunda República era una joven democracia, en cuyo bando sólo había un tierno ejército de idealistas, y que fue atacada por feroces fascistas, que sólo sabían robar, violar y asesinar. Cuando la verdad es que esa joven democracia fue dinamitada en sus cimientos por el comunismo, que ejerció un terrible régimen de terror. Lo contrario es insostenible y ridículo. No se puede tapar el sol con una mano. La leyenda rosa de la República es insostenible y ridícula.

Sólo los niños creen en los cuentos de hadas.

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